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«La enfermedad de los aborígenes se llama pobreza»

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El médico y Senador por el departamento San Martín, Manuel Pailler, se refirió a la situación en la que viven miles de familias, tanto criollas como aborígenes, que padecen la falta de agua segura -uno de los grandes problemas que presenta el norte de la provincia durante todo el año- pero también a la falta de una adecuada alimentación, que potencia cualquier enfermedad, en especial entre los bebés y niños de corta edad.

Al senador Pailler no solo lo asiste su condición de profesional médico sino el conocimiento que tiene de las comunidades criollas y aborígenes, ya que prácticamente todos los fines de semana recorre -junto a otros legisladores como la diputada norteña Gladys Paredes- los pueblos y parajes del norte de la provincia tratando de llevar algo de alivio a cientos de familias que por las más diversas razones no pueden llegar a los hospitales públicos o acceder a medicamentos o derivaciones.

Pailler participó de la mesa nultisectorial convocada por el Gobierno de la Provincia, que declaró la emergencia socio sanitaria para los departamentos del norte y cuestionó los datos y los índices que daban cuenta de la disminución en los casos de muerte de niños en el norte de la provincia de Salta.

¿Cuáles son las razones por la que los bebés aborígenes se mueren por desnutrición y no se puede terminar con esa tragedia?

Se juntan varios factores, que son sociales, económicos y culturales. La enfermedad principal que aqueja a los aborígenes es la pobreza, porque todas sus necesidades básicas están insatisfechas. No consumen agua segura porque no tienen en sus comunidades, y al traerla de otro lugar exponen el agua a cualquier contaminación, ni qué decir del servicio sanitario, porque ninguna comunidad tiene cloacas, por lo mismo no tienen hábitos que son básicos, como lavarse las manos, como hace cualquier madre que tiene un grifo en su casa; las madres se lavan las manos antes de cocinar o de higienizar a los bebés, bañan diariamente a los niños, mantienen los utensilios de cocina limpios y guardados.

Los aborígenes no lo hacen porque no tienen agua, cocinan a la interperie o debajo de un árbol, en un lugar con moscas o alimañas, porque viven en la más absoluta precariedad.

¿Cuando los niños enferman, cuál es la actitud de las mamás originarias?

En muchas ocasiones no los llevan al hospital y prefieren llevarlo al curandero; directamente se resisten a ir al médico por una pauta cultural que es milenaria, como sucede con los wichis, que son la mayoría. Muchas veces sienten vergenza, temor, se saben discriminados por el criollo, entonces no quieren ir al hospital, donde los tienen parados horas sin atenderlos.

Por otro lado, los niños aborígenes no tienen un régimen nutricional adecuado, porque no consumen la cantidad de proteínas que deberían y presentan un estado nutricional deficiente; algunos y a veces dependiendo del grado de desnutrición que presentan, están monitoreados, pero otras veces no. No son niños sanos, con un peso normal y por eso cualquier situación lo pone en riesgo, porque no es lo mismo tratar cualquier patología en un niño sano que en uno desnutrido. Esto deriva en deshidratación, infecciones gastrointestinales o infecciones respiratorias en épocas invernales. En esta época la pérdida de agua y de sales llevan a la deshidratación, pero todo se complica porque los niños no tienen los mecanismos de defensa para que el organismo los active.

Los aborígenes reciben ayuda social, bolsones, salario universal, pero la situación no se revierte…

Hay un gran componente de índole cultural y no quiero decir que todos lo hagan, pero sabemos que hay beneficiarios -no solo aborígenes sino también criollos- que venden los paquetes de leche que reciben para los niños y bebés para comprar otra cosa, en muchos casos bebidas alcohólicas. Será políticamente incorrecto decirlo pero es la triste realidad, y si no lo decimos nunca vamos a superar esa práctica.

Ojalá que con la tarjeta alimentaria eso deje de suceder y que sea un paso más en la lucha contra el hambre de los niños. El Chaco salteño, como todos también lo sabemos, se ha transformado en un desierto por los grandes latifundios sojeros, y los aborígenes no tienen animales ni aves para cazar, peces para pescar, no tienen árboles de cuyos panales sacaban la miel de abeja y que conformaban en gran parte su sustento diario.

¿Y el fondo de reparación histórica? (Un crédito que contrajo en 2012 el gobierno de JUAN MANUEL URTUBEY para paliar las históricas desigualdades del norte).

Ese no fue un fondo de reparación histórica, fue un fondo de corrupción histórica que sirvió, entre otras cosas, para posicionar a un candidato hasta entonces desconocido pero que vamos a tener que pagar por muchos años todos los salteños.

FUENTE: EL TRIBUNO – CRISTINA CARRAZÁN

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